Miriam Magallón
Psicóloga (M-18399) | 605146096

Chuches y caprichos

chuches

La comida es una fuente de felicidad. Pero no necesariamente se cumple que a más cantidad, sintamos más felicidad. Se puede disfrutar a pequeños sorbos. Esto sucede con los caprichos y debilidades que cada uno tiene. Hay personas que suspiran por un trozo de chocolate, pasteles o chucherías, y a otras les tira más lo salado de los quesos curados, frutos secos o embutidos.

El elemento nocivo de los caprichos se encuentra en la cantidad que comemos. Si disfrutas tomando tu capricho, permítetelo ocasionalmente pero aprende a controlar la cantidad. No te los prohíbas porque la restricción aumentará el deseo y la ansiedad por ese alimento. Por ejemplo, es mucho mejor tomarse una onza de chocolate negro cada 2-3 días que estar 15 días sin probarlo y terminar comiéndose una tableta entera una noche.

No descubro nada nuevo afirmando que a los niños (y a los mayores) les encanta el azúcar. Desde muy pequeños asocian golosinas, chucherías, dulces y bebidas azucaradas con momentos de fiesta y alegría. A veces, también usamos las chucherías para premiar a nuestros hijos. Al hacer esto, les estamos enseñando que las chuches son un premio y que la comida sirve para gratificarnos, calmarnos o compensarnos por algún problema. Además cuando utilizamos la comida para recompensar y consolar alguna conducta, estamos fomentando la futura ingesta emocional de nuestros hijos. La presentación de una comida como recompensa aumenta la inclinación del niño por ella y favorece el consumo excesivo.

Tomar golosinas impide que los niños identifiquen sus señales internas de hambre y saciedad. Seguro que habéis experimentado la falta de apetito tras haber comido golosinas o caramelos. El azúcar anula las ganas de comer. No olvidemos que los niños aprenden principalmente por imitación y copian nuestros actos, por eso, si les damos chuches para que se les pase la rabieta, terminarán recompensándose ellos mismos con algo dulce cuando tengan una emoción negativa. No les habremos enseñado a gestionar sus emociones sino a anestesiarlas con el poder del azúcar.

Consulta privada de Miriam Magallón, psicóloga clínica.

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